23 abril, 2020

UNA ROSA Y UN RELATO PARA EL DÍA DEL LIBRO 2020




El Día del Libro 2020 se presenta un tanto extraño. No hay firmas, ni presentaciones, ni compras masivas de libros en las librerías para regalar, mejor aún si es con una rosa. Pero la actual situación de confinamiento no nos debe impedir celebrarlo como se merece: comprando libros y, sobre todo, leyéndolos.


Mi aportación en este día tan especial para muchos es, junto a una rosa virtual, un relato breve. Se titula UN RAYO DE ESPERANZA, porque habla de fortaleza ante la soledad y el aislamiento. 
Espero que disfrutéis con su lectura.
¡Feliz Día del Libro! ¡Feliz Sant Jordi!





UN RAYO DE ESPERANZA 

Aquel rayo de sol que se filtraba por la pequeña rendija del cerrado ventanuco era la única cosa viva, aparte de su carcelero, que le había acompañaba durante sus largos días de cautiverio.
Él le calentaba cuando hacía frío, iluminaba su oscura mazmorra, le alentaba con su brillante presencia…, le mantenía anchado al presente en todo momento, haciéndole saber del transcurrir de las horas y los días.
Anhelaba su fiel comparecencia cada mañana, recibir su suave caricia, tan dulce como los dedos de una mujer, unas veces intensa y otras apenas un leve aleteo, según el vigor que mostrara. Era su leal compañero durante el día y, cuando la tarde comenzaba a caer, se despedía con un silencioso hasta mañana.
Él evitó que se volviese loco en la soledad de aquel inmundo agujero y que sus ojos languidecieran en la oscuridad casi absoluta, alumbrando sus largas jornadas sumidas en la inapetencia y la melancolía, en la rabia y la frustración.
Era un acompañante ameno y sorprendente. Se movía incansable por el pequeño espacio incitándole a perseguirlo. Le encantaba jugar con las  brillantes motas de polvo atrapadas en su haz de luz, siempre revoltosas y esquivas, empeñadas en sustraerse de su efímero abrazo; soberbio espectáculo que él contemplaba extasiado con su belleza.
Oyente atento y paciente de sus monólogos esperanzados, de sus confidencias a media voz, de sus gritos desesperados. Ambos se revelaban sus respectivos estados de ánimo, uno con palabras surgidas directamente del corazón y el otro con la intensidad de su fulgor: animado cuando irradiaba esplendoroso, decaído cuando era obstaculizado por las nubes y apenas le dejaban lucir.
El día de su liberación, cuando por fin pudo abandonar aquella inhóspita prisión, no quiso hacerlo sin despedirse de él.
-Gracias por tu compañía en estas horas tan tristes, mi buen amigo. Sin ti no habría sobrevivido.
El rayo de sol lo abrazó, envolviéndolo con su calor, y a él se le humedecieron los ojos de gratitud.
Los policías se miraron asombrados al escuchar sus palabras. No había nadie más en esa  ratonera, sólo un pequeño rayo de sol que se colaba furtivamente en ella. Sin duda, el pobre hombre había enloquecido durante aquellos tres largos meses en los que sus secuestradores lo habían retenido.
© Amber Lake


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