19 diciembre, 2020

2020, UNA NAVIDAD DIFERENTE

 


Mis mejores deseos de Paz y Felicidad en estas próximas fiestas navideñas, que van a ser diferente para la gran mayoría. Las restricciones impuestas por la pandemia mundial que nos asola así lo exigen y es nuestra responsabilidad cumplirlas para que, entre todos, logremos superarla y que nuestras vidas vuelvan a la normalidad que tanto echamos en falta.

Para los personajes del relato que os dejo a continuación, y que escribí hace unos años, la Navidad también es diferente, pero como a ellos, mientras el amor esté presente hay esperanza y podremos superar todas las dificultades.



¡Feliz Navidad! ¡Feliz y Próspero 2021 libre de Covid-19!

 


UNA NAVIDAD DIFERENTE

 

Paula se dejó acariciar por la suave brisa nocturna, recibida con alivio tras el bochorno sufrido durante el día. Miró al cielo y volvió a maravillarse con la exuberancia de estrellas, que lanzaban luminosos destellos sobre su cabeza. Un suspiro de satisfacción brotó de su garganta. Aquella paz, aquel silencio quebrado únicamente por los sonidos de la naturaleza, nunca dejaba de sorprenderla.

Reconocía que la Navidad en esa remota aldea del norte de Tanzania resultaba muy diferente a que había disfrutado hasta entonces, aunque le cautivaba de igual forma. Los cuarenta grados a la sombra no tenían nada que ver con las navidades blancas del pueblecito navarro en el que nació; tampoco con las bulliciosas y multitudinarias que celebraba en Madrid, donde había transcurrido gran parte de su existencia.  

Nada de abetos iluminados y decorados con brillantes bolas de colores, ni tráfico caótico o aglomeraciones en las tiendas para las compras de última hora. Pero, ¿quién necesitaba adornos cuando tenían ese cielo cuajado de diamantes? ¿Para qué regalos inútiles cuando podían obsequiar afecto, respeto, esperanza, gratitud…?

Aun así, sus alumnos confeccionaron adornos con ramas y hojas para decorar el humilde barracón que utilizaban de aula; y las madres, deseosas de aportar su granito de arena, habían preparado deliciosas galletas con frutos recolectados por ellas mismas y que regalaban junto con una amplia sonrisa en sus sufridos rostros. Era una forma más sencilla y auténtica de celebrar la Navidad.

Lo que más echaba de menos, y en especial esa noche, era a su familia. Sus padres, hermanos, abuelos, tíos…, que año tras año, en Nochebuena, se reunían en torno a la mesa para degustar los ricos platos preparados entre todos, repartir los regalos y cantar el habitual repertorio de villancicos. Aquellas desafinadas voces, que tan bien recordaba, siempre le sonaron a música celestial por la emoción que le provocaban.

Pero allí también tenía una familia. La aldea entera lo era y ella se había integrado como uno más, algo que un año antes ni siquiera imaginó que sucedería.

Cuando acabó los estudios de Pedagogía, y a falta de expectativas de trabajo, decidió enrolarse de voluntaria en una ONG que la llevó a ese rincón del suelo africano. También le atraía la aventura, conocer lugares exóticos, acumular curiosas experiencias antes de asentarse en algún cómodo trabajo, casarse y crear su propio hogar. Sin embargo, lo que en un principio iban a ser dos meses, en los que ayudaría a la religiosa que se encargaba de la pequeña escuela, se fueron prorrogando sin apenas darse cuenta.

La hermana Faustina murió al poco de llegar ella, como si la estuviera esperando para transmitirle su legado; y Paula lo recogió. Para entonces, su corazón estaba tan involucrado con ellos que ni se planteó abandonarlos.

Ya llevaba casi un año y, a pesar de que en ocasiones añoraba su vida anterior, no tenía prisa por regresar. Porque ese era ahora su camino, allí se sentía realizada personal y profesionalmente y, sobre todo, tenía la oportunidad de contribuir a mejorar la vida de esos seres casi olvidados por el resto del mundo.

–Vas a coger frío.

La voz de Miguel la sobresaltó unos segundos antes de girarse y sonreírle, aceptando con agrado el chal que le echaba sobre los hombros.

Sí, él era otra de las razones por las que Paula no se marchaba. Desde la primera mirada de sus intensos ojos azabache sintió una sensación desconocida, como si millones de diminutas agujas se le clavasen en la piel. Y esa inicial fascinación se fue transformando en admiración y después en amor, hasta el punto de que, al poco de conocerse, ya compartían cabaña, cama y sentimientos; si bien, no en ese mismo orden.

–¿Morriña? –le preguntó él mientras la abrazaba.

–Un poco. Me preguntaba qué habrán preparado para cenar esta noche. Apuesto a que la abuela se ha vuelto a salir con la suya y han asado un buen lechón.

Miguel la estrechó más fuerte. Comprendía sus emociones. A él le sucedió igual los primeros años por aquellas fechas, tan propicias a la añoranza. Aunque, después de casi diez en África trabajando para Médicos sin Fronteras, apenas recordaba otra vida que la actual. Su hospital, sus gentes, aquel territorio agreste y majestuoso que le había ganado el corazón…; y ahora también Paula, la mujer que amaba.

–Deberías marcharte por un tiempo. Ya nos las arreglaremos por aquí.

Ella lo miró con un brillo de gratitud en los ojos. Sí, después de tantos meses no le vendría mal regresar a España para ver a los suyos. Pero no podía. Allí la necesitaban y toda ayuda era poca. Además, ¿cómo soportaría estar separada de Miguel tantos días?

–Al año que viene. Siempre que tú me acompañes. Sabes que debes pedir formalmente mi mano. Es lo que mis padres esperan –repuso con sonrisa traviesa, y le ofreció sus labios para rubricar, con un dulce beso, ese compromiso entre ellos que no necesitaba de formalismos.

Y la hermosa noche africana, cómplice de su amor, los envolvió con su cálido manto, arrullándolos con los armoniosos sonidos de aquella indómita tierra.

 © Amber Lake




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