23 diciembre, 2015

MIS MEJORES DESEOS PARA ESTAS FIESTAS


En estas fechas tan entrañables, quiero transmitiros mis mejores deseos de Paz y Felicidad; y que el nuevo año solamente os traiga Alegría y Bienestar.


Os dejo un relato que escribí hace años y que refleja ese espíritu navideño propio de estas fechas. Espero que os guste.

UNA NAVIDAD DIFERENTE

Paula se dejó acariciar por la suave brisa nocturna, recibida con alivio tras el bochorno sufrido durante el día. Miró al cielo y volvió a maravillarse con la exuberancia de estrellas, que lanzaban sus luminosos destellos e iluminaban la oscuridad que reinaba por doquier. Un suspiro de satisfacción brotó de su garganta. Aquella paz, aquel silencio sólo quebrado por los sonidos de la naturaleza, era algo que nunca dejaba de sorprenderla.
Reconocía que la Navidad en aquella remota aldea del norte de Tanzania no era como las que había disfrutado hasta entonces, pero le cautivaba de igual forma.
Allí era diferente. Los cuarenta grados a la sombra no tenían nada que ver con las navidades blancas del pueblecito navarro en el que nació y pasó su infancia; tampoco con las bulliciosas calles de Madrid, donde transcurriera buena parte de su existencia.  
Nada de abetos iluminados y decorados con bolas de colores, ni el tráfico caótico o las aglomeraciones en las tiendas para las compras de última hora.  Pero, ¿quién necesitaba adornos cuando tenían ese cielo cuajado de estrellas? ¿Para qué regalos inútiles cuando podían obsequiar afecto, respeto, esperanza, gratitud…?
Aun así, sus alumnos habían confeccionado adornos con ramas y hojas para decorar el humilde barracón que utilizaban de aula; y las madres, deseosas de aportar su granito de arena, habían preparado deliciosas galletas con frutos recolectados por ellas mismas y que regalaban junto con una amplia sonrisa en sus demacrados rostros. Era una forma más sencilla y, tal vez más auténtica, de celebrar la Navidad.
Lo que más echaba de menos, y en especial esa noche, era a sus padres, a sus hermanos, a los abuelos, los tíos…, que año tras año en Nochebuena se reunían en torno a la mesa para degustar los ricos platos preparados entre todos, repartir los regalos y cantar el habitual repertorio de villancicos con sus desafinadas voces, que a Paula le sonaban a música celestial.
Pero allí también tenía una familia. La aldea entera lo era y ella se había integrado como uno más, algo que un año antes ni siquiera imaginó que sucedería.
Cuando acabó los estudios de Pedagogía, y a causa de las pésimas expectativas de trabajo a causa de la crisis, decidió enrolarse de voluntaria en una ONG que la llevó a aquel rincón del suelo africano. También le atraía la aventura, conocer lugares exóticos, acumular curiosas experiencias antes de asentarse en algún cómodo trabajo, casarse y crear su propio hogar. Sin embargo, lo que en un principio iban a ser dos meses, en los que ayudaría a la religiosa que se encargaba de la pequeña escuela, se fueron prorrogando sin apenas darse cuenta.
La hermana Faustina murió al poco de llegar ella, como si la estuviera esperando para transmitirle su legado, y Paula lo recogió. Tuvo la oportunidad de marcharse, aunque para entonces su corazón estaba tan involucrado con aquel pueblo que ni se planteó abandonarlos.
Ya llevaba allí casi un año y, a pesar de que en ocasiones añoraba su vida anterior, no tenía prisa por regresar. Porque aquel era ahora su camino, allí se sentía realizada como profesional y como persona y, sobre todo, tenía la oportunidad de contribuir a mejorar la vida de aquellos seres casi olvidados por el resto del mundo.
–Vas a coger frío.
La voz de Miguel la sobresaltó unos segundos antes de girarse y sonreírle, aceptando con agrado el chal que le echaba sobre los hombros.
Sí, él era otra de las razones por las que Paula permanecía allí. Desde la primera mirada de sus intensos ojos azabache sintió una sensación desconocida, como si millones de diminutas agujas se le clavasen en la piel. Y esa inicial fascinación se fue transformando en admiración y en amor, hasta el punto de que a los pocos días de conocerse compartían cabaña, cama y sentimientos; aunque no por ese orden.
–¿Morriña? –le preguntó él mientras la abrazaba.
–Un poco. Me preguntaba qué habrían preparado para cenar esta noche. Apuesto a que la abuela se ha vuelto a salir con la suya y han asado un buen lechón.
Miguel la estrechó más fuerte. Comprendía sus emociones. A él le sucedió igual los primeros años por aquellas fechas, tan propicias a la añoranza. Pero después de casi diez navidades en África trabajando para Médicos sin Fronteras, apenas recordaba otra vida que la actual. Su hospital, sus gentes, aquel territorio agreste y majestuoso que le había ganado el corazón…; y ahora también Paula, la mujer que amaba.
–Deberías  marcharte por un tiempo. Ya nos las arreglaremos por aquí.
Ella lo miró con un brillo de gratitud en los ojos. Después de tantos meses no le vendría mal regresar a España para ver a los suyos. Pero no podía, allí la necesitaban y  toda ayuda era poca. Además, ¿cómo soportaría estar separada de Miguel tantos días?
–Al año que viene, tal vez; siempre que tú me acompañes. Sabes que debes pedir formalmente mi mano. Es lo que mis padres esperan –repuso con sonrisa traviesa y le ofreció sus labios, para rubricar con un beso ese compromiso entre ellos que no necesitaba de formalidades.
Y la hermosa noche africana, cómplice de su amor, los envolvió con su cálido manto, arrullándolos con los armoniosos sonidos de aquella indómita tierra.


© Amber Lake

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