No me gusta hablar de las obras en las que estoy trabajando y, menos aún, adelantar una muestra de ellas; pero, ante la insistencia de algunas personas, voy a romper mi norma. Os cuento.
Aparte de algunos relatos cortos (que me gusta intercalar para aliviar la tensión que me provoca una novela tan extensa y que exige tanta documentación) llevo dedicada los últimos meses a un antiguo proyecto que, por diversas razones, tenía aparcado y que he retomado con mucha ilusión.
Se trata de una novela romántica-histórica ambientada en nuestro país, concretamente en el período de 1808-1814, y que se titula LA MÁSCARA DEL TRAIDOR.
¿Cómo surgió la idea de escribirla? Hace mucho tiempo leí una antigua novela romántica (escrita probablemente en los años cincuenta), de las que mi madre atesoraba de su juventud y que tanto me gustaban. Desgraciadamente desapareció y no recuerdo el autor ni el título, pero sí que se trataba de una preciosa historia de amor en plena Guerra de Independencia española. De su lectura nació el deseo de escribir mi propia historia inspirada en aquellos turbulentos años.
Como he dicho, el proyecto estaba esbozado desde hacía casi diez años y tenía muchas ganas de desarrollarlo, ya que ese periodo de la historia de España siempre me ha fascinado, pero iba posponiendolo al no lograr congeniar los hechos históricos (tantos y tan importantes) con la propia historia de amor y conseguir que ambas tuviesen el protagonismo necesario. Creo que al fin he llegado a un acuerdo entre las partes y la novela va tomando forma poco a poco.
Os dejo un extracto del primer capítulo; si bien, os recuerdo, falta depurarlo y revisarlo en profundidad.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
El Heraldo de Sevilla. 24 de marzo de 1808.
“Graves sucesos en el Real Sitio de Aranjuez que acaban con la abdicación de Carlos IV en su hijo, el Príncipe de Asturias”.
Relato de los hechos: Durante todo el día 17, una gran multitud llegada desde diferentes lugares y atraída por los rumores de que la Familia Real pretendía huir del país, se fue congregando ante el Real Sitio, impidiendo que los Reyes lo abandonaran. Durante la noche, grupos de revoltosos armados con palos, azadas y teas se dirigieron al palacete del Primer Ministro con la intención de prenderlo. Los insurrectos entraron en la casa, destrozando y saqueando todas las estancias, aunque no lograron dar con él.
Al día siguiente, y en vista de los acontecimientos y de las demandas del populacho, el Rey destituye a Godoy de todos sus cargos y asume él mismo esos poderes, con la esperanza de contentar a los insurrectos y poder salvar la vida de su valido. Pero los amotinados, no contentos con esas medidas, continúan con los tumultos y enfrentamientos hasta obligar al Rey, el día 19, a abdicar en su hijo don Fernando…”
Rafael dobló el periódico con gesto de preocupación. Aunque conocía la noticia desde la tarde anterior, no estaba al tanto de los pormenores y, tras confirmarse la abdicación del Rey, se sentía alarmado. Presagiaba que la situación no se resolvería fácilmente.
Desde mediados de mes, y a causa de la cada vez más numerosa presencia de tropas francesas asentadas en las afueras de la ciudad, se conocía la intención de los reyes de abandonar Madrid y viajar hasta Sevilla; pero no estaba demostrado que ese hecho supusiese su deseo de huir a México, tal y como había sucedido con Juan VI de Portugal meses antes. No le extrañaría que el partido fernandista, partidario de la abdicación de Carlos IV en su hijo, hubiese hecho correr ese rumor y alentado la revuelta ante el temor de que el exilio del Rey impidiera toda opción a su candidato de hacerse con el trono, forzando de ese modo la abdicación.
Si bien no defendía la política llevada hasta ese momento por el monarca, y sobre todo por su favorito, era escéptico en cuanto a la labor de Fernando en el trono. El nuevo rey parecía aún más deseoso que su padre por agradar al Emperador y, como se había demostrado, ese tipo de alianza no daba ninguna garantía.
Aún así, no le sorprendía la entusiasta respuesta del populacho a la hábil manipulación de los partidarios de Fernando, ya que era cuestión de tiempo que ocurriese algo similar. Desde hacía meses venían sucediéndose pequeñas revueltas y conatos de levantamientos por todo el país que, a pesar de ser prontamente sofocados por las autoridades, mostraban el malestar general y hacían presagiar acontecimientos de mayor envergadura. El pueblo español, no podía soportar por más tiempo los despropósitos de un rey inútil, la avaricia de su primer ministro y el yugo opresor del ejército galo asentado en buena parte del territorio desde varios meses antes.
Esperaba que el nuevo rey se mantuviera firme y exigiera a Napoleón la inmediata retirada de las tropas. Si ya fue extremadamente imprudente dejarlas pasar para la pretendida invasión de Portugal, lo había sido aún más permitirles quedarse ocupando las principales ciudades del norte del país, enclaves importantísimos desde el punto de vista estratégico, sin ser molestados y con el beneplácito de los gobernantes que, en su incompetencia, no veían los peligros que podían acarrear. Pero mucho se temía que el Emperador no iba a avenirse por las buenas a los deseos de Fernando VII.
La entrada de unas personas en la amplia sala lo apartó de sus lúgubres pensamientos. Se trataba de tres mujeres, una mayor que marchaba delante y dos jovencitas tras ellas. Cuando se sentaron frente a él, pudo observarlas detenidamente. La mujer mayor, de agrio rostro y famélica figura vestida completamente de negro, signo de un luto reciente, se sentó rígidamente en una silla situada en la zona más alejada, indicando con un gesto a las dos jóvenes que ocuparan un pequeño canapé a su lado.
A Rafael le llamó especialmente la atención una de las jovencitas, que apenas parecía haber dejado la adolescencia. Se trataba de la más alta y espigada. Pero no fue eso lo que más le impactó sino la palidez lechosa de su rostro, algo poco usual entre las mujeres andaluzas, en el que destacaban unos enormes ojos de un raro y precioso azul violeta, así como la hermosa boca de generosos y rojos labios que incitaban a besarla sin descanso. Su cabello, que apenas podía vislumbrar bajo la negra mantilla, le pareció más pálido que los rayos del sol al mediodía y mucho más brillante. Se preguntó quién sería aquella bella joven que se sonrojaba ante su insistente mirada. Era una agradable visión que contribuyó a alejar de su mente la preocupación por el caótico estado del país.
-No deja de mirarte, Eugenia.
-Cállate, Amalia, nos va a oír.
Eugenia estaba sumamente mortificada. Ese hombre no había apartado los ojos de ella desde que entrara en el salón y eso la ponía sumamente nerviosa.
-Es un guapo caballero, ¿no crees?
Eugenia miró a su amiga con una muda advertencia en los ojos. ¿Es que no podía mantener la boca cerrada? Ciertamente era un hombre muy apuesto, reconoció a su pesar, aunque no se trataba de un caballero. Esa forma de mirarla rayaba en la indecencia. También lo eran los pecaminosos pensamientos que esos oscuros ojos le estaban provocando. Se sentía bastante aturdida por ello. Seguro que estaba como una grana, pensó, tal era el calor que sentía en el rostro.
-¿Qué estará haciendo aquí? ¿Esperando a su esposa o a su amante? Apostaría que es a su amante.
Una nueva mirada de Eugenia, en esta ocasión francamente reprobatoria, hizo enmudecer a la locuaz Amalia, que ocultó el rostro tras el abanico para ampliar la sonrisa que mostraba su pícaro rostro.
-Debe de ser un gran amante, con esas manos tan grandes y le brillo diabólico de los ojos –le cuchicheó nuevamente al oído.- No me niegues que tú también lo has pensado.
El gemido de impotencia de Eugenia fue coreado por la risita traviesa de Amalia.
-Creo que es mejor que nos marchemos. Ya vendremos en otra ocasión que haya menos gente –dijo de improviso Mariana, con gesto adusto y mirando intencionadamente al hombre sentado en el otro extremo de la habitación.
-¡Pero si cancelo la cita, doña Manuela no podrá terminar el vestido para el baile de la Sociedad Patriótica, tía! –se quejó Eugenia, repuesta del anterior sofoco.
-Seguro que se toma buen empeño en tenerlo terminado para esa fecha. No va a consentir perder a una buena clienta.
Mariana se levantó ágilmente de la silla y las jóvenes la imitaron. Rafael también lo hizo, inclinándose galantemente cuando pasaron ante él.
Mariana ignoró el gesto y se dirigió con altivez a la salida; no así Eugenia, que respondió con un tímido gesto al respetuoso caballero, y Amalia, que le sonrió con descaro. Cuando iban a abandonar la estancia, se oyeron voces por el pasillo. Doña Manuela, seguida por una joven, entró en la habitación.
-¿Se marchaba, señorita Madrigal? Siento el retraso, pero ya estoy con usted.
-Me he acordado de que tenía que hacer un recado. Aunque si ya va a poder atenderme… -aventuró Eugenia mirando a Mariana.
-¿Eugenia?
La voz procedía de la joven que acompañaba a la modista. Eugenia la miró y los ojos se le agrandaron por la sorpresa.
-¡Beatriz! –exclamó con alegría tras reconocerla, y la abrazó efusivamente.- ¡Cuánto tiempo sin verte! Las hermanas me dijeron que ya no asistías a las clases.
-Las abandoné el verano pasado cuando… cuando cumplí los dieciocho años –contestó visiblemente nerviosa, y se apresuró a cambiar de tema.- ¿Dónde has estado todo este tiempo?
-El verano lo pasamos en la hacienda como todos los años, y a finales de septiembre marchamos a Madrid, donde hemos estado hasta hace dos semanas que mi padre decidió regresar. En la capital hay demasiado alboroto. ¿Y tú, ya te has comprometido con tu apuesto pretendiente?
Beatriz empalideció ante la pregunta, hecho que no pasó desapercibido a Eugenia.
Se oyó un ligero carraspeo a sus espaldas y Eugenia se volvió para toparse con la intensa mirada del hombre, que se había acercado al grupo sin ella haberse dado cuenta.
-Eugenia, permíteme presentarte a mi hermano, Rafael.
-Señorita Madrigal, es un placer –se inclinó el aludido, cogiéndole la mano que ella le ofrecía y llevándola hasta su boca para depositar un ligero beso en el dorso, mientras la miraba con aquellos profundos y oscuros ojos.
Eugenia sintió la presión y el calor de esos labios sobre el fino guante de encaje y no pudo evitar el estremecimiento que la recorrió. Presa de una inoportuna agitación, se limitó a responder con una leve inclinación de cabeza, y retiró la mano que él continuaba sujetando con la suya.
Bastante desconcertada, se vio obligada a presentar a sus acompañantes.
-Mi tía, Doña Mariana Jiménez de Arilza, y Amalia Solís de Vereda, hija de los condes de Bermejo.
Beatriz saludó con timidez, azorada por la manifiesta frialdad de las damas.
-Señoras… -dijo Rafael con una cínica media sonrisa.
Tanto Mariana como Amalia desviaron prontamente la mirada, negándoles prácticamente el saludo. Eugenia se sintió francamente abochornada y desagradablemente sorprendida por el claro desplante.
-Me gustaría charlar contigo más detenidamente, Beatriz, pero doña Manuela me espera. ¿Querrías venir esta tarde a casa? Tengo muchas cosas que contarte –propuso con espontaneidad, intentando paliar la desagradable situación.
-Me encantará –respondió con entusiasmo, superado en parte el desaire sufrido.
-Pues en eso quedamos.
Se abrazaron jovialmente y Eugenia, seguida por Mariana y Amalia, acompañó a la modista a una de las habitaciones de pruebas.
-No deberías haberla invitado, Eugenia –le susurró Amalia.- Mañana se sabrá en toda la ciudad.
-¿Y por qué no debería hacerlo? Es mi amiga y llevo mucho tiempo sin verla –replicó, algo resentida por la descortesía mostrada a Beatriz.
-Ya te contaré después –volvió a susurrarle misteriosamente Amalia.
Ambas callaron ante la tosecilla de Mariana tras ellas; una clara advertencia de que terminasen con los cuchicheos de una vez.
-No sabía que conocía a la señorita Tablada –comentó con curiosidad doña Manuela una vez dentro de la sala de pruebas.
-Nos conocimos en el convento de las Madres Clarisas, donde ambas acudíamos desde niñas.
Una ayudante comenzó a desabotonarle el vestido mientras la modista daba algunos retoques a la nueva prenda que se encontraba en un perchero.
-Lástima que no atendiera los sabios consejos que las buenas monjas debieron darle. Se habría evitado toda la tragedia que acarreó su loco comportamiento.
Eugenia levantó los brazos para que le colocaran el nuevo vestido. La mujer era muy curiosa y parlanchina y, aunque ella desaprobaba esa tendencia a la murmuración y sabía que no debía dejarse tirar de la lengua, se sentía interesada a su pesar por el terrible secreto que rodeaba a su amiga y del que todo el mundo parecía estar en posesión.
Miró a Amalia que, sentada junto a Mariana, sonreía enigmáticamente. Su tía le hizo un imperceptible gesto con la cabeza, indicándole que no continuara interesándose por el tema; pero ella, ignorando su mudo mandato, preguntó:
-¿Le ha ocurrido alguna desgracia que desconozca?
-¿No se ha enterado? –preguntó a su vez la mujer, sorprendida de que no hubiese oído los comentarios que continuaban circulando por la ciudad pese a haber transcurrido tanto tiempo del sonoro escándalo que provocó en su momento; si bien comprendió que, al haber estado ausente todo el año, no estaba al día de las novedades.
-Lo cierto es que no. A Madrid llegan muy pocas noticias de las provincias. Cuénteme, por favor.
Doña Manuela se sintió feliz de poder explayarse en el tema mientras se dedicaba a ajustarle con alfileres las sueltas costuras de la prenda.
-Aunque no me agradan los chismorreos, sé que antes o después acabará enterándose –adujo a modo de justificación y lanzó un fugaz mirada a Mariana que, con rostro serio, se esforzaba en escuchar lo que hablaban.- Resulta que la señorita Tablada se vio envuelta en un desagradable escándalo hace unos ocho meses y del que la familia aún no se ha recuperado –hizo un corto silencio para aumentar la expectación de la joven y continuó en voz baja.- Tuvo un romance con un joven y huyó con él; algo totalmente reprobable, desde luego, pero que podría haberse pasado por alto si al final, y como tantas otras, hubiese acabado en el altar. Lo malo es que esa acción disgustó al hermano de ella, que acabó retando al novio a duelo; pero con tan mala fortuna que resultó muerto, dejando así a la joven deshonrada y sin posibilidad de rehabilitación a los ojos de la buena sociedad. La pobrecilla ha visto como se le cerraban las puertas de las mejores casas de Sevilla y, desde el trágico suceso, no ha salido prácticamente a la calle. Incluso he oído que piensan trasladarse a Cádiz. Allí la sociedad es más tolerante con estas cosas, dicen; sin embargo, no creo que dejen pasar por alto algo tan vergonzoso.
Eugenia quedó muda de asombro, sintiendo una enorme pena por su amiga a la par que cierta animosidad por su hermano. ¿Por qué no se limitó a permitir que legalizasen su unión y dejar pasar la pequeña afrenta? Sabía que era el cabeza de familia tras la muerte de su padre y, por lo tanto, responsable de su única hermana. ¿Cómo fue capaz de matar al hombre que Beatriz amaba? A pesar de su innegable atractivo debía de ser un monstruo sin corazón, pensó Eugenia decepcionada.
“Graves sucesos en el Real Sitio de Aranjuez que acaban con la abdicación de Carlos IV en su hijo, el Príncipe de Asturias”.
Relato de los hechos: Durante todo el día 17, una gran multitud llegada desde diferentes lugares y atraída por los rumores de que la Familia Real pretendía huir del país, se fue congregando ante el Real Sitio, impidiendo que los Reyes lo abandonaran. Durante la noche, grupos de revoltosos armados con palos, azadas y teas se dirigieron al palacete del Primer Ministro con la intención de prenderlo. Los insurrectos entraron en la casa, destrozando y saqueando todas las estancias, aunque no lograron dar con él.
Al día siguiente, y en vista de los acontecimientos y de las demandas del populacho, el Rey destituye a Godoy de todos sus cargos y asume él mismo esos poderes, con la esperanza de contentar a los insurrectos y poder salvar la vida de su valido. Pero los amotinados, no contentos con esas medidas, continúan con los tumultos y enfrentamientos hasta obligar al Rey, el día 19, a abdicar en su hijo don Fernando…”
Rafael dobló el periódico con gesto de preocupación. Aunque conocía la noticia desde la tarde anterior, no estaba al tanto de los pormenores y, tras confirmarse la abdicación del Rey, se sentía alarmado. Presagiaba que la situación no se resolvería fácilmente.
Desde mediados de mes, y a causa de la cada vez más numerosa presencia de tropas francesas asentadas en las afueras de la ciudad, se conocía la intención de los reyes de abandonar Madrid y viajar hasta Sevilla; pero no estaba demostrado que ese hecho supusiese su deseo de huir a México, tal y como había sucedido con Juan VI de Portugal meses antes. No le extrañaría que el partido fernandista, partidario de la abdicación de Carlos IV en su hijo, hubiese hecho correr ese rumor y alentado la revuelta ante el temor de que el exilio del Rey impidiera toda opción a su candidato de hacerse con el trono, forzando de ese modo la abdicación.
Si bien no defendía la política llevada hasta ese momento por el monarca, y sobre todo por su favorito, era escéptico en cuanto a la labor de Fernando en el trono. El nuevo rey parecía aún más deseoso que su padre por agradar al Emperador y, como se había demostrado, ese tipo de alianza no daba ninguna garantía.
Aún así, no le sorprendía la entusiasta respuesta del populacho a la hábil manipulación de los partidarios de Fernando, ya que era cuestión de tiempo que ocurriese algo similar. Desde hacía meses venían sucediéndose pequeñas revueltas y conatos de levantamientos por todo el país que, a pesar de ser prontamente sofocados por las autoridades, mostraban el malestar general y hacían presagiar acontecimientos de mayor envergadura. El pueblo español, no podía soportar por más tiempo los despropósitos de un rey inútil, la avaricia de su primer ministro y el yugo opresor del ejército galo asentado en buena parte del territorio desde varios meses antes.
Esperaba que el nuevo rey se mantuviera firme y exigiera a Napoleón la inmediata retirada de las tropas. Si ya fue extremadamente imprudente dejarlas pasar para la pretendida invasión de Portugal, lo había sido aún más permitirles quedarse ocupando las principales ciudades del norte del país, enclaves importantísimos desde el punto de vista estratégico, sin ser molestados y con el beneplácito de los gobernantes que, en su incompetencia, no veían los peligros que podían acarrear. Pero mucho se temía que el Emperador no iba a avenirse por las buenas a los deseos de Fernando VII.
La entrada de unas personas en la amplia sala lo apartó de sus lúgubres pensamientos. Se trataba de tres mujeres, una mayor que marchaba delante y dos jovencitas tras ellas. Cuando se sentaron frente a él, pudo observarlas detenidamente. La mujer mayor, de agrio rostro y famélica figura vestida completamente de negro, signo de un luto reciente, se sentó rígidamente en una silla situada en la zona más alejada, indicando con un gesto a las dos jóvenes que ocuparan un pequeño canapé a su lado.
A Rafael le llamó especialmente la atención una de las jovencitas, que apenas parecía haber dejado la adolescencia. Se trataba de la más alta y espigada. Pero no fue eso lo que más le impactó sino la palidez lechosa de su rostro, algo poco usual entre las mujeres andaluzas, en el que destacaban unos enormes ojos de un raro y precioso azul violeta, así como la hermosa boca de generosos y rojos labios que incitaban a besarla sin descanso. Su cabello, que apenas podía vislumbrar bajo la negra mantilla, le pareció más pálido que los rayos del sol al mediodía y mucho más brillante. Se preguntó quién sería aquella bella joven que se sonrojaba ante su insistente mirada. Era una agradable visión que contribuyó a alejar de su mente la preocupación por el caótico estado del país.
-No deja de mirarte, Eugenia.
-Cállate, Amalia, nos va a oír.
Eugenia estaba sumamente mortificada. Ese hombre no había apartado los ojos de ella desde que entrara en el salón y eso la ponía sumamente nerviosa.
-Es un guapo caballero, ¿no crees?
Eugenia miró a su amiga con una muda advertencia en los ojos. ¿Es que no podía mantener la boca cerrada? Ciertamente era un hombre muy apuesto, reconoció a su pesar, aunque no se trataba de un caballero. Esa forma de mirarla rayaba en la indecencia. También lo eran los pecaminosos pensamientos que esos oscuros ojos le estaban provocando. Se sentía bastante aturdida por ello. Seguro que estaba como una grana, pensó, tal era el calor que sentía en el rostro.
-¿Qué estará haciendo aquí? ¿Esperando a su esposa o a su amante? Apostaría que es a su amante.
Una nueva mirada de Eugenia, en esta ocasión francamente reprobatoria, hizo enmudecer a la locuaz Amalia, que ocultó el rostro tras el abanico para ampliar la sonrisa que mostraba su pícaro rostro.
-Debe de ser un gran amante, con esas manos tan grandes y le brillo diabólico de los ojos –le cuchicheó nuevamente al oído.- No me niegues que tú también lo has pensado.
El gemido de impotencia de Eugenia fue coreado por la risita traviesa de Amalia.
-Creo que es mejor que nos marchemos. Ya vendremos en otra ocasión que haya menos gente –dijo de improviso Mariana, con gesto adusto y mirando intencionadamente al hombre sentado en el otro extremo de la habitación.
-¡Pero si cancelo la cita, doña Manuela no podrá terminar el vestido para el baile de la Sociedad Patriótica, tía! –se quejó Eugenia, repuesta del anterior sofoco.
-Seguro que se toma buen empeño en tenerlo terminado para esa fecha. No va a consentir perder a una buena clienta.
Mariana se levantó ágilmente de la silla y las jóvenes la imitaron. Rafael también lo hizo, inclinándose galantemente cuando pasaron ante él.
Mariana ignoró el gesto y se dirigió con altivez a la salida; no así Eugenia, que respondió con un tímido gesto al respetuoso caballero, y Amalia, que le sonrió con descaro. Cuando iban a abandonar la estancia, se oyeron voces por el pasillo. Doña Manuela, seguida por una joven, entró en la habitación.
-¿Se marchaba, señorita Madrigal? Siento el retraso, pero ya estoy con usted.
-Me he acordado de que tenía que hacer un recado. Aunque si ya va a poder atenderme… -aventuró Eugenia mirando a Mariana.
-¿Eugenia?
La voz procedía de la joven que acompañaba a la modista. Eugenia la miró y los ojos se le agrandaron por la sorpresa.
-¡Beatriz! –exclamó con alegría tras reconocerla, y la abrazó efusivamente.- ¡Cuánto tiempo sin verte! Las hermanas me dijeron que ya no asistías a las clases.
-Las abandoné el verano pasado cuando… cuando cumplí los dieciocho años –contestó visiblemente nerviosa, y se apresuró a cambiar de tema.- ¿Dónde has estado todo este tiempo?
-El verano lo pasamos en la hacienda como todos los años, y a finales de septiembre marchamos a Madrid, donde hemos estado hasta hace dos semanas que mi padre decidió regresar. En la capital hay demasiado alboroto. ¿Y tú, ya te has comprometido con tu apuesto pretendiente?
Beatriz empalideció ante la pregunta, hecho que no pasó desapercibido a Eugenia.
Se oyó un ligero carraspeo a sus espaldas y Eugenia se volvió para toparse con la intensa mirada del hombre, que se había acercado al grupo sin ella haberse dado cuenta.
-Eugenia, permíteme presentarte a mi hermano, Rafael.
-Señorita Madrigal, es un placer –se inclinó el aludido, cogiéndole la mano que ella le ofrecía y llevándola hasta su boca para depositar un ligero beso en el dorso, mientras la miraba con aquellos profundos y oscuros ojos.
Eugenia sintió la presión y el calor de esos labios sobre el fino guante de encaje y no pudo evitar el estremecimiento que la recorrió. Presa de una inoportuna agitación, se limitó a responder con una leve inclinación de cabeza, y retiró la mano que él continuaba sujetando con la suya.
Bastante desconcertada, se vio obligada a presentar a sus acompañantes.
-Mi tía, Doña Mariana Jiménez de Arilza, y Amalia Solís de Vereda, hija de los condes de Bermejo.
Beatriz saludó con timidez, azorada por la manifiesta frialdad de las damas.
-Señoras… -dijo Rafael con una cínica media sonrisa.
Tanto Mariana como Amalia desviaron prontamente la mirada, negándoles prácticamente el saludo. Eugenia se sintió francamente abochornada y desagradablemente sorprendida por el claro desplante.
-Me gustaría charlar contigo más detenidamente, Beatriz, pero doña Manuela me espera. ¿Querrías venir esta tarde a casa? Tengo muchas cosas que contarte –propuso con espontaneidad, intentando paliar la desagradable situación.
-Me encantará –respondió con entusiasmo, superado en parte el desaire sufrido.
-Pues en eso quedamos.
Se abrazaron jovialmente y Eugenia, seguida por Mariana y Amalia, acompañó a la modista a una de las habitaciones de pruebas.
-No deberías haberla invitado, Eugenia –le susurró Amalia.- Mañana se sabrá en toda la ciudad.
-¿Y por qué no debería hacerlo? Es mi amiga y llevo mucho tiempo sin verla –replicó, algo resentida por la descortesía mostrada a Beatriz.
-Ya te contaré después –volvió a susurrarle misteriosamente Amalia.
Ambas callaron ante la tosecilla de Mariana tras ellas; una clara advertencia de que terminasen con los cuchicheos de una vez.
-No sabía que conocía a la señorita Tablada –comentó con curiosidad doña Manuela una vez dentro de la sala de pruebas.
-Nos conocimos en el convento de las Madres Clarisas, donde ambas acudíamos desde niñas.
Una ayudante comenzó a desabotonarle el vestido mientras la modista daba algunos retoques a la nueva prenda que se encontraba en un perchero.
-Lástima que no atendiera los sabios consejos que las buenas monjas debieron darle. Se habría evitado toda la tragedia que acarreó su loco comportamiento.
Eugenia levantó los brazos para que le colocaran el nuevo vestido. La mujer era muy curiosa y parlanchina y, aunque ella desaprobaba esa tendencia a la murmuración y sabía que no debía dejarse tirar de la lengua, se sentía interesada a su pesar por el terrible secreto que rodeaba a su amiga y del que todo el mundo parecía estar en posesión.
Miró a Amalia que, sentada junto a Mariana, sonreía enigmáticamente. Su tía le hizo un imperceptible gesto con la cabeza, indicándole que no continuara interesándose por el tema; pero ella, ignorando su mudo mandato, preguntó:
-¿Le ha ocurrido alguna desgracia que desconozca?
-¿No se ha enterado? –preguntó a su vez la mujer, sorprendida de que no hubiese oído los comentarios que continuaban circulando por la ciudad pese a haber transcurrido tanto tiempo del sonoro escándalo que provocó en su momento; si bien comprendió que, al haber estado ausente todo el año, no estaba al día de las novedades.
-Lo cierto es que no. A Madrid llegan muy pocas noticias de las provincias. Cuénteme, por favor.
Doña Manuela se sintió feliz de poder explayarse en el tema mientras se dedicaba a ajustarle con alfileres las sueltas costuras de la prenda.
-Aunque no me agradan los chismorreos, sé que antes o después acabará enterándose –adujo a modo de justificación y lanzó un fugaz mirada a Mariana que, con rostro serio, se esforzaba en escuchar lo que hablaban.- Resulta que la señorita Tablada se vio envuelta en un desagradable escándalo hace unos ocho meses y del que la familia aún no se ha recuperado –hizo un corto silencio para aumentar la expectación de la joven y continuó en voz baja.- Tuvo un romance con un joven y huyó con él; algo totalmente reprobable, desde luego, pero que podría haberse pasado por alto si al final, y como tantas otras, hubiese acabado en el altar. Lo malo es que esa acción disgustó al hermano de ella, que acabó retando al novio a duelo; pero con tan mala fortuna que resultó muerto, dejando así a la joven deshonrada y sin posibilidad de rehabilitación a los ojos de la buena sociedad. La pobrecilla ha visto como se le cerraban las puertas de las mejores casas de Sevilla y, desde el trágico suceso, no ha salido prácticamente a la calle. Incluso he oído que piensan trasladarse a Cádiz. Allí la sociedad es más tolerante con estas cosas, dicen; sin embargo, no creo que dejen pasar por alto algo tan vergonzoso.
Eugenia quedó muda de asombro, sintiendo una enorme pena por su amiga a la par que cierta animosidad por su hermano. ¿Por qué no se limitó a permitir que legalizasen su unión y dejar pasar la pequeña afrenta? Sabía que era el cabeza de familia tras la muerte de su padre y, por lo tanto, responsable de su única hermana. ¿Cómo fue capaz de matar al hombre que Beatriz amaba? A pesar de su innegable atractivo debía de ser un monstruo sin corazón, pensó Eugenia decepcionada.
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