24 diciembre, 2011

RELATO NAVIDEÑO

Una Navidad más y un nuevo año a la vuelta de la esquina. Días para festejar, llenos de buenos propósitos y proyectos de futuro. Deseo que los disfrutéis en compañía de vuestros seres queridos, y que el 2012 sea generoso y os permita realizar buena parte de vuestros sueños.

Espero que os guste este pequeño regalo. Una historia en la que los personajes, nuestros amigos de ESTRATEGIAS DEL DESTINO, nos invitan a compartir la Navidad con ellos.

 
NAVIDAD EN HEYDON HALL

(Segundo epílogo de Estrategias del Destino)



Heydon Hall, Hertfordshire, Navidad de 1822.

Frances paseó su mirada feliz por la amplia mesa y una gozosa sonrisa curvó su boca. ¡Quién le iba a decir a ella cinco años atrás que unas navidades podían ser tan maravillosas! Heydon Hall volvía a resplandecer como antaño, cuando ellos lo habitaban y sus hijos, aún pequeños, se convertían en la alegría de la casa. Ahora, esos niños eran unos hombres maravillosos y, al menos uno de ellos, le había hecho el regalo más extraordinario que una mujer podría desear: dos preciosos nietos.

Miró con lágrimas en los ojos a los niños que, de manera excepcional y por ser esa una noche especial, compartían la mesa con el resto de la familia. Su adorada Alice, la preciosa niña de cuatro años que le había robado el corazón desde el mismo instante de su nacimiento, y que, como era habitual en ella, no dejaba de parlotear y reír; y Charles, un robusto niño de apenas dos meses, que tanto le recordaba a Julian, su padre, cuando tenía esa edad.

No dejaba de dar gracias al Señor por haber permitido que su querido hijo mayor hubiese encontrado la felicidad. Cuando advertía cómo miraba a Claire, su bella esposa, con aquel amor desbordando sus pupilas y cómo era correspondido por ella de idéntica forma, se sentía rebosante de dicha y satisfacción al pensar que había cumplido parte de su deber como madre: procurar la felicidad de sus hijos. ¿O acaso no había jugado un papel decisivo en aquella historia?

En el lado opuesto de la mesa Henry, su marido, la observaba con una plácida sonrisa, que le indicaba sin necesidad de palabras que él también se sentía igual de feliz y orgulloso.

-¿Te ocurre algo, madre?

La preocupada voz de Gregory, siempre pendiente de las reacciones de su madre, hizo a ésta volver la mirada hacia él.

-No, querido; debe tratarse del humo de las velas que me irrita los ojos –se excusó parpadeando rápidamente para ahuyentar la humedad que los cubría. No quería demostrar un excesivo sentimentalismo delante de su familia o creerían que tenía las facultades mentales debilitadas por efecto de la edad.

Gregory. Él era el otro motivo de felicidad en esos días, pensó Frances. En los últimos cinco años apenas había podido verlo en contadas ocasiones, cuando recalaba por el país después de sus largos viajes. Pero en esta ocasión les había dado una gran noticia: pensaba establecerse definitivamente en Londres para llevar personalmente su empresa de navegación y esa noticia la había llenado de alegría. Su hijo ya no estaría expuesto a los peligros por aquellos países en constante conflicto.

Sí, aunque siempre habían intentado ocultarle la verdadera naturaleza de sus viajes, a ella no se le escapaba. Gregory era un espía de la Corona, al igual que su hermano lo había sido durante la guerra contra Napoleón, y el saber que estaba realizando una labor tan peligrosa la sumía en una constante angustia. Por suerte, esa comprometida labor parecía haber concluido y ella ya podía respirar tranquila. Ahora sólo le faltaba encontrarle una buena esposa y verlo establecer una familia como la de su hermano; si bien, estaba convencida, el conseguirlo iba a costarle un mayor esfuerzo.

“Sería un padre estupendo. Adora a los niños y ellos a él”, reflexionó. Le había visto jugar entusiasmado con Alice o coger con exquisita ternura al pequeño Charles, pero no lo veía muy decidido a perder su soltería por lo que necesitaba un empujoncito; y ella estaba dispuesta a dárselo. ¿No lo había conseguido con Julian cuando todos decían que era un caso perdido?

Su hijo menor había cambiado mucho en esos cinco años y no para mejor. Le veía más maduro pero también más escéptico. Le desagradaban sus numerosos affaires con damas casadas y viudas licenciosas, sin mostrar la menor intención de conocer a una joven casadera. Parecía tener miedo al compromiso y de esa forma nunca lo iba a ver casado. Presumía que había tenido un grave desengaño en su juventud y éste le marcó negativamente, hasta el punto de que se había vuelto escéptico en el amor y con miedo al compromiso. Ese era otro de los secretos que, tanto su marido como sus hijos, pretendían ocultarle. No alcanzaban a comprender que una madre podía leer los sentimientos en un hijo como en un libro abierto.

Cuando acabaran las fiestas navideñas y regresaran a Londres se pondría manos a la obra. Gregory, con veintisiete años, tenía una edad magnífica para contraer matrimonio. ¿Aunque para qué esperar tanto?, se dijo. Creía recordar que en los alrededores había algunas jóvenes casaderas. Le propondría a Claire el organizar una fiesta para celebrar el nacimiento del pequeño e invitaría a las jóvenes de los alrededores. Si la memoria no le fallaba, estaba la encantadora Catalina Forbes, hija de sir Bernard Forbes, una joven muy habilidosa a tenor de la primorosa ropita que le había confeccionado al niño. También las hermanas Unswort, tres en total; confiaba en que al menos una de ellas permaneciera soltera. Y Augusta Wrigley, la hija del vicario, una joven muy hermosa y culta, según había podido apreciar. Sí, había un buen elenco de jóvenes para tentar a su hijo. Sería un buen comienzo.

Gregory dirigió su atención al delicioso pudding de navidad flameado con brandy que tenía en el plato con el ceño fruncido. Por mucho que se empeñara, su madre era incapaz de ocultar sus sentimientos. Seguro que la emoción que mostraba su rostro momentos antes se debía a la felicidad de ver su familia aumentada. Y seguro también que aquella cabecita había empezado a maquinar alguna estrategia para conseguir que él engrosara la lista de venturosos casados, como parecía ocurrirles a su padre y a su hermano. No podía negar que estaría dispuesto a saborear ese gozo del que ellos disfrutaban, pero era consciente de que la suerte de ambos al elegir esposas era algo realmente raro y él no quería arriesgarse a una aventura que podría resultar fallida.

-Gregory, ¿cuánto tienes pensado regresar a Londres? –preguntó Frances de improviso, haciendo que el aludido se sobresaltara.

-En un par de días, madre –respondió a regañadientes. Esa pregunta no presagiaba nada bueno, se dijo.

-¿Tan pronto? ¡Tenía la esperanza de viajar todos juntos! –se lamentó con pesar.

-Tengo muchas cosas que hacer –no cedió él.

-Comprendo, querido; pero, al menos, aguardarás hasta la fiesta en honor de tu sobrino, ¿no es cierto?

Todos la miraron con gesto de extrañeza.

-¿A qué te refieres, madre? –preguntó Julian. Era la primera noticia que tenía.

Su esposa, sentada frente a él, le devolvió la mirada interrogadora que le había dirigido con un gesto de genuina sorpresa en el rostro.

-Se me había ocurrido organizar una pequeña reunión con los vecinos para presentar al niño. Si estáis de acuerdo, desde luego –y la expresiva mirada que dirigió a su nuera era más una súplica que una petición.

-Me parece una gran idea, Frances -respondió Claire, y miró a su marido con un imperceptible gesto de asentimiento, con el que quería darle a entender que no pusiera reparos a la propuesta de su madre.

-Estupendo. Creo que el próximo viernes sería ideal. ¿Os parece bien? De esa forma, Gregory podrá asistir sin demorar demasiado su partida.

-¿No crees que es algo precipitado, madre? –repuso Julian, que comenzaba a vislumbrar lo que su madre pretendía.

-Por mi no es necesario que adelantéis el acontecimiento. Seguro que nadie me echará en falta –sugirió Gregory, plenamente convencido de que en aquella fiesta él sería el cordero a sacrificar. “Tengo que marcharme de aquí lo antes posible o acabaré comprometiéndome a cualquier cosa de la que después me arrepentiré”, se dijo con fastidio.

-Yo también pienso que no hay que arrebatar las cosas, Frances. En tan poco tiempo no se puede invitar a nadie; aparte de que sería bastante incorrecto hacerlo con tan poca antelación -añadió Henry con la intención de desanimar a su voluntariosa esposa.

-Pero, Henry, sabes que en el campo la etiqueta se relaja un poco. Esa es una de las ventajas de vivir en la campiña –objetó con aplomo, y nadie encontró un argumento válido que refutara ese razonamiento.

Julian miró a su hermano con una mueca burlona. El semblante serio de éste le daba a entender que no le agradaba la encerrona que su madre le estaba preparado.

-Creo que ya es hora de acostar a los niños –propuso Claire, levantándose y rescatando al pequeño de los brazos de su padre.

-Te acompaño, querida; así hablamos de los pormenores. ¡Tenemos tanto que hacer! -y con una sonrisa de satisfacción, abandonó el comedor con la pequeña Alice de la mano.

Mientras subían las escaleras, Frances no dejó de observar a su nuera. El rictus de preocupación que venía advirtiendo en su rostro durante esos últimos días se había acentuado hasta convertirse en franca inquietud; la cual, y aunque se cuidaba mucho de disimular, no se le escapaba a una persona tan observadora como ella. Algo angustiaba a Claire y ella debía averiguarlo. Apreciaba a esa joven como a una hija y le dolía verla infeliz.

-¿Tienes algún problema, querida? Te noto perturbada estos últimos días –le preguntó Frances con gesto de preocupación.

Claire se sobresaltó ante esa pregunta. Pensaba que había sabido ocultar su zozobra. Aunque debía de haber calculado que a su astuta suegra nada se le escapaba.

-No, Frances, todo va muy bien. Tal vez estoy algo cansada –respondió evasivamente.

-Te entiendo; debes de estar agotada. Si lo deseas, podemos buscar un ama de cría que te ayude con el bebé.

-Aún puedo encargarme de amamantarlo yo sola, aunque no sé por cuánto tiempo. El niño demanda cada vez más cantidad de alimento.

-Es cierto. El pequeño Charles crece muy rápidamente. Estás haciendo un gran trabajo –y la miró con sincero cariño y agradecimiento.- Ahora ve a descansar. Yo me ocuparé de acostar a Alice.

Frances pensó que esa podía ser una de las causas pero no la única, se dijo convencida. Sin embargo, no quería presionarla. Cuando ella lo considerase conveniente, se lo contaría.

-Gracias, Frances. Realmente estoy agotada.

A Claire le mortificaba engañar a su suegra, pero no podía hacerla partícipe de sus sospechas. ¿Cómo explicar que tenía la certeza de que su esposo tenía una amante?

-Alice, da las buenas noches a tu madre y a tu hermanito. Es hora de acostarse –pidió a la niña.

-Pero yo quiero mis regalos de Navidad –protestó frustrada.

-Mañana, querida. Cuando te levantes, estarán aguardando.

-Entonces madrugaré –prometió con una ilusionada sonrisa.- Buenas noches, mamá –y dio un beso a su madre y otro su hermanito.

-Que tengas dulces sueños, cariño; y obedece a tu abuela.

-Lo haré –y dirigiéndose a su abuela-: ¿Me contarás un cuento?

-Por supuesto. Te has comportado como una verdadera dama esta noche.

La niña sonrió orgullosa y ambas continuaron caminando hacia la habitación de Alice.

Claire entró en el cuarto del bebé, contiguo al suyo.

-Anne, puedes reunirte con los demás. Yo me ocuparé de acostar al niño cuando termine de amamantarlo.

-Gracias, milady -y salió presurosa.

Una vez a solas, Claire dio rienda suelta a su dolor y las lágrimas afloraron a sus ojos. Su suegra había advertido su desazón, por lo que debía esforzarse más en disimular o todos acabarían advirtiéndolo; y no podía permitirlo, en especial su marido. ¡Aunque le costaba tanto! La inquietud la consumía. Tal vez estaba equivocada y todo tenía una sencilla explicación, si bien no podía evitar pensar en lo más obvio. Esos continuos viajes durante las últimas semanas, sin querer justificar su causa, eran muy significativos. Ellos siempre se lo habían contado todo y, el que ahora se lo ocultase, no podía tener otra explicación.

Sí, Julian tenía una amante, y esa certeza la consumía de dolor. ¿Acaso había dejado de amarla o sólo era una forma de liberar sus necesidades tanto tiempo reprimidas? Su marido era un hombre con grandes necesidades sexuales y había estado casi tres meses alejado de su lecho. ¿Qué esperaba? Pero la incertidumbre que la estaba consumiendo desde varios días antes era si debía ignorar la evidencia y continuar a su lado, como solían hacer las mujeres en su caso, o abandonarle, trasladarse con sus hijos a la casa de Londres y tramitar el divorcio. Un sollozo escapó de sus labios. No; no quería hacer tal cosa. Amaba a su marido y no deseaba alejarse de su lado, pero no podría compartirlo con otra mujer.

Se serenó con esfuerzo y depositó al niño en su cuna. El pequeño lloriqueó al verse privado del contacto de su madre y ella le meció mientras canturreaba una nana hasta que se quedó dormido.

Julian la observaba seriamente preocupado. La angustia que delataba el rostro de su esposa durante esa última semana le preocupaba, así como las numerosas excusas para evitar la intimidad entre ellos después de haber hecho el amor días antes. Tal vez la había dañado inadvertidamente con su fogosidad. No debió acceder a sus demandas y mantenerse firme; ella aún estaba convaleciente. Debió reprimir su deseo, continuar con la tortura de desearla y no tenerla, todo antes de causarle algún daño que le hiciese temer una nueva relación, como debía de haber ocurrido.

Esperaba que, al menos, esa noche pudiera disfrutar de su sonrisa otra vez. Había abandonado a su padre y a Gregory con la excusa del cansancio para subir a reunirse con ella. No quería esperar a la mañana siguiente. Ardía en deseos de entregarle su regalo, de recrearse en la reacción en su rostro cuando lo viera, porque, y de eso estaba convencido, ella no podía dejar de alegrarse.

Claire consiguió silenciar el grito que se le formó en la garganta al ver la alta figura de su esposo apoyada en el quicio de la puerta.

-Siento haberte sobresaltado, querida –se disculpó Julian.

-No esperaba que subieras tan pronto –contestó evitando mirarle.

Entró en el cuarto que compartían y fue a llamar a la doncella para que la ayudara a desvestirse.

-Déjame que te asista yo esta noche; ya sabes cuánto me gusta hacerlo –le dijo con sonrisa pícara y pasión en los ojos.

Ella sintió un ramalazo de deseo recorriéndole el cuerpo que intentó sofocar. No podía entregarse a él, al menos mientras tuviese la sospecha de que otra mujer también recibía sus caricias.

-Me encuentro bastante cansada y…

-Comprendo y no te exigiré nada más, sólo quiero desvestirte; déjame, por favor -y la expresión ansiosa y vulnerable que observó en el amado rostro de su esposo la desarmó. Entonces lo comprendió. Nunca podría abandonarle. Le amaba tanto que estaba dispuesta a compartirlo con otra mujer siempre que él le dedicase, al menos, una de sus miradas.

Se giró dócilmente y le dio la espalda. Él comenzó a desabrochar los numerosos botones que cerraban el vestido hasta que éste se deslizó por sus hombros y cayó al suelo, quedando con la liviana camisola y las enaguas. Julian tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para evitar llevarla a la cama y poseerla desenfrenadamente. Había transcurrido casi una semana desde que hicieran el amor y su necesidad de ella era casi irresistible, pero le había prometido no exigirle nada y, aunque corriera el riesgo de volverse loco, pensaba cumplirlo.

-Perdóname por adelantar el regalo, querida, pero ardo en deseos de verlo lucir en tu cuello. Ahora, cierra los ojos y no los abras hasta que yo te diga –le pidió en enigmático susurro.

Claire se extrañó ante sus palabras aunque obedeció. Julian la cogió de la mano y la llevó ante el espejo del tocador, después sacó una bolsita del bolsillo de su pantalón y procedió a colocarle el collar.

-Ya puedes abrir los ojos –le indicó al tiempo que depositaba un beso en su mejilla.

Claire observó la imagen que reflejaba el espejo. Sobre su cuello lucía espléndidamente un precioso collar de rubíes engarzados en oro. Se acercó un poco más al espejo y lo observó detenidamente con creciente asombro. “No, no puede ser el mismo”, se decía presa de la confusión. Se quitó el collar y lo observó de cerca. Recordaba que en el cierre llevaba grabadas las iniciales de su madre. Y allí estaban, A W, las iniciales de casada de su madre. Sí, era el collar que su padre había regalado a su madre cuando ella nació y que él conservó con grandes sacrificios para entregarlo a su hija, cumpliendo así la promesa que hecha a su esposa en su lecho de muerte; el mismo collar que ella se vio obligada a vender acuciada por las deudas.

Con los ojos desorbitados por la sorpresa y la garganta paralizada por la emoción, Claire se giró y miró a su marido.

-Es… es…

-Sí, querida.

-¡Pero si lo vendí hace mucho tiempo! ¿Cómo has conseguido dar con él? –estaba maravillada.

-No ha sido fácil, créeme –respondió henchido de orgullo al observar la reacción de su esposa.

Lo cierto era que le había requerido mucho tiempo y esfuerzo, aparte de un buen desembolso, pero había merecido la pena sólo por ver la felicidad brillando otra vez en el rostro de Claire.

-Explícate, por favor –le urgió ella impaciente.

-Hace meses, cuando me hablaste de ello, me hice el firme propósito de devolverlo a su legítima dueña. Investigué entre los joyeros de Londres hasta dar con el que te compro el collar hace cinco años. No fue fácil convencerle, pero al final me indicó la persona a la que se lo había vendido. Tampoco resultó sencillo convencer al comprador de que me facilitara el nombre de la “amiga íntima” a la que se lo había regalado, una famosa actriz que estaba de tournée con su compañía por Gales, y que no tuvo reparos en explicarme que lo perdió jugando a las cartas y en darme el nombre del ganador. Éste, se lo regaló a su esposa y ella, mujer previsora, lo tenía a buen recaudo. Por suerte, estuvo encantada de vendérmelo. Como quería que fuera una sorpresa, te mantuve ignorante de mis pesquisas y de los viajes que me he visto a realizar. Aunque me habría desplazado al fin del mundo sólo por ver otra vez la sonrisa en tus labios –y el brillo de adoración que Claire pudo apreciar en sus pupilas, revelaban la veracidad de sus palabras

-¡Esa era la causa! –exclamó exultante de felicidad.- Yo pensaba que… -y calló abruptamente mientras un intenso rubor cubría su rostro.

-¿Qué pensaste, amor? –preguntó intrigado.

-No, fue una estupidez –intentó evadir la respuesta. Se avergonzaba de haber dudado de su esposo.

-Tal vez esperabas otro regalo –y en el tono de su voz se apreciaba una ligera decepción.

Claire lo captó al momento y se apresuró a darle una explicación.

-No, Julian; es el mejor regalo que podías haberme hecho. Nunca pensé que podría recuperarlo y ahora lo tengo en mi mano –parpadeó varias veces para alejar las lágrimas que amenazan inundar sus ojos.- Pero como me lo ocultaste y no encontraba una explicación a esos continuos viajes yo… -inspiró fuertemente y lo miró valientemente a los ojos- …yo imaginé que visitabas a otra mujer. Creí que tenías una amante.

La sorpresa fue en esta ocasión para Julian, que casi se tambaleó.

-¿Cómo puedes pensar que soy capaz de mirar siquiera a ninguna otra? –demandó con gesto ofendido. Al ver el apuro en el rostro de su esposa, la atrajo hacia sus brazos y la abrazó tiernamente.- Te amo, Claire. Te amo más de lo que puedo expresar con gestos o palabras. Tú eres, y siempre serás, la mujer de mi vida. No lo olvides nunca.

-¡Oh, Julian! –exclamó Claire emocionada y miró a su marido con los ojos cargados de amor que ni las lágrimas lograban disimular. ¿Se podía ser más dichosa?, pensó minutos antes de que los besos de su esposo le nublaran todo pensamiento coherente.

+

Julian se paseaba por el amplio jardín con gesto orgulloso. La fiesta, a pesar de lo precipitado de su convocatoria, estaba resultando un éxito al acudir a ella la gran mayoría de los invitados. Reconocía que tanto su esposa como su madre habían hecho una gran labor y los concurrentes, unos sentados y otros ocupados en diversos juegos, disfrutaban de la grata reunión.

Sus ojos se posaron con especial ternura en Alice que, junto a otros niños, se dedicaba a devorar una generosa ración de pastel. Cerca de ellos Claire, con su hijo en brazos, presumía de él ante un grupo de vecinas, que no dejaban de prodigar mimos al pequeño. Observó detenidamente a su esposa y, como siempre que lo hacía, sintió esa calidez embargándolo, fruto del amor que le inspiraba. En su cuello llevaba el collar que él había rescatado y una repentina tensión se apoderó de su cuerpo cuando acudió a su mente la imagen de su esposa vestida únicamente con aquella alhaja.

-Julian, querido, ¿sabes dónde se ha metido tu hermano? Lleva desaparecido desde hace un buen rato –oyó decir a su madre muy cerca de él.

Julian carraspeó para disimular su turbación.

-Debe de estar ocupado en algún menester, madre –prometió. Mejor alejarse unos minutos hasta que lograse enfriar su ardor.

-¿Harías el favor de buscarlo? La encantadora señorita Unswort no tiene pareja para el whist.

-Por supuesto –y se alejó en dirección a las caballerizas.

Como presumía, Gregory se hallaba allí y no se sorprendió al verlo en mangas de camisa y cepillando a Dulcinea, la magnífica yegua española que acaba de adquirir.

-¿Desde cuándo prefieres la compañía de una yegua a la del ramillete de bellas damitas que madre ha reunido en mi jardín, hermanito? –le preguntó con guasa.

-Desde que el único pensamiento de cada una de esas tiernas flores es competir por echarme el lazo matrimonial al cuello –respondió con una mueca de desagrado.

-No te tenía por un cobarde. ¿No me digas que, después de luchar contra una tribu de salvajes en el Amazonas, eres incapaz de lidiar con un puñado de encantadoras solteras?

-Lo admito, hermano; prefiero correr bajo una lluvia de dardos envenenados que pasear del brazo de una sola de esas buscamaridos.

Julian rió con ganas. En otro tiempo secundaba totalmente esa opinión, pero después de saborear las mieles del matrimonio junto a Claire, lo único que se reprochaba era no haberla conocido antes.

-Pues siento ser portador de malas noticias pero madre insiste en que cumplas con tu deber. Hay una linda jovencita que te aguarda; y no me gustaría estar en tu piel si eludes ese compromiso, chico –y volvió a reír con ganas.

-No hace falta que te aflijas por mi suerte, viejo –y salió del establo con un gruñido de frustración. Las carcajadas de su hermano le hicieron fruncir el gesto aún más.

- ¿Qué te causa tanta diversión, querido? –preguntó Claire. Lo había visto marcharse del jardín y decidió seguirlo, deseosa de estar unos minutos a solas con su marido.

Él la enlazó de la cintura y, aún riendo, comenzó a hacerla girar.

-¡Para, loco; la cabeza me da vueltas! –exclamó entre risas ella también.

Julian obedeció, pero no la soltó, intensificando el abrazo hasta que ella sintió la presión de la excitación de él en el vientre.

-¿Qué tal si dejamos que los invitados se diviertan solos y nosotros subimos a nuestra habitación para descansar un rato –le susurró al oído con voz ronca.

-Lord Heydon, es usted incorregible –le regañó con falsa indignación mientras lo cogía de la mano y, presurosa, lo conducía hacia la casa.

La risa de Julian no dejó de escucharse hasta que la puerta del cuarto matrimonial se cerró tras ellos.


© Amber Lake. Todos los derechos reservados

6 comentarios:

Anna Soler dijo...

Es precioso amiga mia ¡me encanta! gracias por compartirlo con una fiel seguidora. adoro tus letras, lo sabe.
Te escribí un correo ¿lo recibiste?
ah me ha encantado la postal.

Un super super beso y feliz navidad

Maika dijo...

Chulisimo, wapa!! Gracias y ¡¡¡FELIZ NAVIDAD Y QUE TENGAMOS UN BUEN AÑO NUEVO!!!

AMBER LAKE dijo...

Gracias, Anna; me alegra que te guste.
Aún no he recibido tu correo. En estas fechas suele ir con retraso.
Feliz Navidad y un estupendo 2012 para ti también.
Besos.

AMBER LAKE dijo...

Hola, Maika. Gracias por tus palabras. Que pases unas estupendas fiestas y que el 2012 sea generoso contigo.
Un besazo.

Anónimo dijo...

Muy bonito, mamá =)

AMBER LAKE dijo...

Me alegra que te haya gustado, cielo.
Un besito.